Cuando la inspiración no llega…

…entras en pánico. Pero, ¿sabes qué? Llegará, tan solo debes esperar.

Suele ocurrirme, en especial durante los días previos al examen/exámenes, que no soy capaz de mirar un solo papel sin distraerme a los dos segundos. Incapaz, por más que lo intento. ¿Dónde estoy fallando?

Para empezar, en la actitud. Si quiero, puedo, y en estos casos es real, no valen excusas.

Lo segundo que puede estar influyendo es el agotamiento. Llevo dos semanas teniendo ideas que fluyen, las unidades didácticas salen solas, casi no tengo que pensar. Así he conseguido 5 unidades didácticas seguidas, sin parar. Pero los recursos se agotan rápido, toca repostar, y nada mejor que un buen descanso para recuperar fuerzas.

Puedes añadir vecinos ruidosos, perros ladrando desde la mañana hasta la noche o niños chillando en la calle. Resultado: la concentración se va de vacaciones. ¿Qué hacer en esos momentos? Pues respirar y sacar adelante otras cosas que tengas que hacer. Recoger, cocinar, escribir, pasar a limpio tus apuntes. Se puede aprovechar el tiempo para muchas maneras, y mientras estés ocupado no hay problema. Todo marcha.

Mañana será un buen día, lo planees o no, lo busques o no.

Mañana lo volverás a intentar.

Hoy era el día

Hoy es el día de empezar, la hora de volver a respirar. Sin mirar atrás, sin esperarlo al momento, paso a paso, a verlas venir.

Yo quiero. Yo puedo…

…y voy a llegar

 

 

Tu complemento ideal

Esta entrada no es una entrada “come cocos”. No pretendo que estés de acuerdo con mis ideas, ni que las aceptes como tuyas. Tan solo vengo a decir algo que es importante para mí.

Yo soy cristiana. Sí, lo confieso como quien confiesa su sexualidad. Yo confieso mi religiosidad.

¿Por qué decir eso? ¿Por qué así? Porque ha sido una faceta muy escondida, ocultada para los demás. En un entorno en el que tener una religión está “mal visto”, yo no quería marcarme como una diana y que escribieran en mi frente CRISTIANA. Hasta que llegaron las personas correctas.

Un día, hablando con mi pareja, le dije cuál era mi idea acerca de la religión. Mi religiosidad. Lo dije a media voz, temerosa. Mi sorpresa fue su reacción. Me miró, y simplemente me dijo: vale, ¿cuál es el problema?

Me quedé en shock. ¿Por qué me dijo eso? Es ateo, no cree en lo mismo que yo, y es una persona bastante crítica. Su entorno tampoco es muy religioso que digamos. Pero él lo tomó con naturalidad. Hablamos acerca de mis ideas, de mis concepciones acerca de la religión y debatimos, sin discutir, sin imponer. Tan solo descubrirnos en un aspecto que no habíamos tocado aún. Y me sentí tan bien y liberada…fue como quitarse una enorme losa de encima, y abrir un poco mis alas.

Pero hasta hace unos meses, hablando con una amiga acerca de un curso que hago para ser profe de religión (un tema del que me gustaría hablar en otro apartado), no me di cuenta de que quizás no estaba tan sola como pensaba. Gente que cree, que se siente bien creyendo.

Como yo. Y mis alas terminaron de abrirse.

No voy a intentar “captar” a nadie, no digo que tengas que ser cristiano, o que mi religión sea la única y verdadera, y arderás en el infierno si no rezas todos los días. Sería una necia tratando de dar ese mensaje, porque la religión es otra cosa distinta a la condena y el fuego eterno. Y algo que he descubierto gracias a ese curso como profesor de religión.

Gracias a él me he dado cuenta de lo necesario que es vivir una religión desde un punto de vista sano. Si una religión te impide vivir, o no te deja ver más allá, si te paraliza y coarta, no la estás viviendo correctamente. Las religiones deben ser útiles para el hombre, cambiar el sentido de su ser de forma positiva. Si no puedes tener una vida sana gracias a la religión, replantea cuáles son tus ideales. Habla con gente, comparte tus experiencias. Pero sobre todo comprende que tu religión es tu complemento, el que te hace ser mejor persona.

Yo soy cristiana, por decisión propia. Ya lo era desde hace mucho años. Cuando estás en una celebración, cuando tienes problemas, te sientes abrumado…en todo ello tiene un hueco Dios. Pero ese es MI CASO. En el tuyo quizás sea Alá, Yavhé o puedes centrarte en la búsqueda del Nirvana. O quizás no tengas ninguna referencia divina, y puedes ser una persona feliz con otros dogmas de fe.

En mi caso, la religión no me ha impedido hablar con otras personas, no me coarta en mi modo de vivir y me siento más libre que nunca. Sigo creyendo en el amor de las personas y no reniego de mi entorno, seas cuales sean sus ideas. No estoy en contra del matrimonio homosexual, ni pienso que los homosexuales sean antinaturales. Tampoco estoy en contra de aquellas personas que profesan otra religión, y creo firmemente en que una convivencia en paz es posible si todos ponemos de nuestra parte. Condeno los asesinatos en nombre de la religión, al igual que condeno el uso de la Biblia para justificar actos que van en contra del nuevo mandamiento de Jesús amaos los unos a los otros, como yo os he amado. 

Esta es mi religión, la que me hace libre y me ayuda a vivir cada día con una sonrisa. Todo lo demás, sobra.

Cierra tus heridas

Desde hace unos meses llevo pensando en ciertos aspectos…espirituales por así decirlo, de autoconocimiento.

No puedo decir que sea una persona que se conozca perfectamente, tan solo estoy comenzando el camino. Porque aunque no lo creamos, necesitamos entendernos a nosotros mismos para comenzar a entender a los demás. Establecer una buena relación con nuestra propia persona.

La experiencia, vivir situaciones distintas, nos permite llegar a conocernos. En mi caso he descubierto una gran laguna en los aspectos sociales, y una enorme obsesión por controlar lo que sucede a mi alrededor. Pero también he descubierto que soy alegre (realmente alegre), y una fortaleza que me ha permitido sacar adelante TODOS los proyectos y metas que me he marcado, aunque claramente no lo he conseguido yo sola: tengo a mi lado a la gente que de verdad me anima a seguir peleando y a dar pasos en la dirección correcta. Y créeme, ha sido una criba dolorosa, pero que a día de hoy volvería a hacer sin dudar.

Respira, toma conciencia de tu propia respiración. En silencio, no valen distracciones. Y haz eso cada día, varias veces. Relájate. Saldrá a la superficie todo aquello que te preocupa. No pasa nada, es bueno que salga, no lo dejes caer en un pozo sin fondo. Y ahora, pregúntate: ¿tiene solución? Si la respuesta es sí, puedes estar tranquilo. Antes o después se solucionará. Si la respuesta es no, déjalo ir, olvídalo.

Lógicamente, estos pensamientos y esta capacidad de dejar marchar los problemas no se adquieren en un día. Necesitan tiempo. Para sanar, para curarse. Una persona que ya no está, una oportunidad que has dejado escapar…poco a poco, la herida se cierra, pero para eso tienes que mimarla cada día.

Inténtalo, ser fuerte sin cubrirte de una coraza innecesaria. Encuentra tu dogma, tu fe, tu razón de ser. No tienes que ser religioso para ello. Tu dogma puede ser ayudar a los demás, tener fe en tu propia vida. Vivir a través de un proyecto, de TU proyecto. Y vive, sobre todo, vive.

Mira a la vida como una oportunidad, no como una condena. Y cada día, es un día más para pelear. Todo cuesta, pero es un precio que merece la pena pagar, a cambio de una carrera tranquila y feliz.

La barrera de la nada

Estoy en esa burbuja de cristal cada día. Salir a la calle, hacer una llamada, hablar. Y siempre desde mi burbuja de cristal.

¿De dónde viene? ¿Cuánto tiempo lleva ahí? Ni lo recuerdo.

Miedo al fracaso, control absoluto de la situación, búsqueda de una perfección que no existe. Esa barrera tiene un origen que no conozco. Cada mañana me levanto con la determinación de acabar con ella, y al llegar la noche me martirizo por haber perdido la batalla. Una vez más.

Lo intento, pero no lo consigo. Y me pierdo tanto…

La vergüenza, la desesperación de saber que los demás se alejan (y con razón), y que yo siga en mi burbuja del miedo. Me bloquea, no me deja ni respirar. Me siento asfixiada, consumida por una atmósfera que me intoxica. Me veo en un rincón, y los demás pasan de largo, uno tras otro, se marchan y yo los dejo marchar.

¿Cuántas personas tienen que desaparecer para que por fin pueda salir de la burbuja? ¿Cuántas ocasiones tengo que perder, hasta que me libere de mis ataduras?

No lo soporto más. ¿Llegará la ayuda a tiempo?

Ayúdame. No te vayas tú también.

No sé por dónde empezar

Ni lo sé, ni me importa.

Desde que me levanto hasta que me acuesto, pienso en todas las ocasiones en las que he necesitado una segunda oportunidad. Y todavía lo pienso. En todas esas voces claras, en esos mensajes directos, en las palabras como puños.

Pero de poco sirve cuando sigo sin mandar ese mensaje, sin visitar esa casa, sin decir la verdad a palo seco.

Llega incluso al remordimiento, al pensamiento constante.

Redundante, como este texto.